2.4.18

Jorge Teillier (O que importa é estar vivo)






(XXIII)


Lo que importa
es estar vivo
y entrar a la casa
en el desolado mediodía de la vida.

El río pasa recogiendo la calle polvorienta.
Los satélites artificiales pueden rodear la Tierra,
pero nada saben de ellos los bueyes enyugados a las carretas.

Es el mismo de otro siglo el gesto del campesino al
descargar un saco de trigo,
el polvillo de la molienda danza en el sol sin memoria,
escuchamos el trote de los ratones entre los sacos
dormidos en la bodega,
y el oculto resplandor de las cosas
tiene un secreto revelado por los aromos.

Escucho el pitazo del tren
cortando en dos al pueblo.
El pueblo donde pedí tres deseos al comer las primeras cerezas,
donde me regalaron una lámpara humilde que no he vuelto a hallar,
el pueblo que tenía unos pocos miles de habitantes cuando nací,
y fue fundado como un Fuerte
para defenderse de los mapuches
(todo eso era nuestro Far West).
El pueblo donde aún humean mantas junto a cocinas a leña,
y el invierno es la travesía de un tempestuoso océano.

Si me pidieran recordar
algo más allá de las calles donde di los primeros pasos
no sabría mucho que decir.

Creo que he estado en otros países.
He visto día a día en las ciudades vehículos iluminados
como trasatlánticos
llevar rostros fatigados de un matadero a otro.

«La vida es un pretexto para escribir dos o tres versos
cantantes y luminosos», escribió Alexander Block,
pero tal vez yo no sea de verdad un poeta.

Me amo a mí mismo tanto como a mi prójimo,
pero estoy dispuesto a desaparecer junto a todo mi prójimo.
Puedo rezar sin creer en Dios.
A las noticias del día
suelo preferir leer memorias de oscuros personajes de otras épocas
o contemplar los gorriones picoteando maravillas.
De nuevo alguien ve derrochar
los yuyos su oro al viento.

Alguien va a temer cada mañana que el sol no regrese,
alguien aprenderá a leer en diarios que anuncian
nuevas guerras,
alguien en la noche
va a tomar un carbón encendido para trazar círculos de fuego
que lo protejan de todo mal.

Quedaré solo en un bosque de pinos.

De pronto veré alzarse los muros al canto de los gallos.
Podré pronunciar mi verdadero nombre.
Las puertas del bosque se abrirán,
mi espacio será el mismo que el de las aves inmortales
que entran y salen de él,
y los hermanos desconocidos sabrán que ya pueden reemplazarme.

Debo enfrentar de nuevo al río.
Busco una moneda.
El río ha cambiado de color.
Veo sin temor
la canoa negra esperando en la orilla.


Jorge Teillier





O que importa
é estar vivo
e entrar em casa
no desolado meio-dia da vida.

O rio passa varrendo a rua poeirenta,
os satélites artificiais podem girar em volta da Terra,
mas os bois apostos aos carros nada sabem deles.

É o mesmo de outro século o gesto do agricultor
ao descarregar um saco de trigo,
a poalha da moenga dança no sol sem memória,
ouvem-se os ratos a correr por entre os sacos
adormecidos na adega
e o oculto resplendor das coisas
tem um segredo revelado pelas acácias.

Ouço o apito do comboio
cortando o povoado em dois.
Onde eu pedi três desejos ao comer as primeiras cerejas,
onde me deram uma lâmpada humilde que não voltei a achar,
uma vila com poucos milhares de habitantes quando eu nasci
e fundado inicialmente como Forte
para defesa contra os mapuches
(era assim como o nosso Faroeste).
A vila onde mantas ainda fumegam junto de fogões a lenha,
e o inverno é como que travessia de um tormentoso oceano.

Se me pedissem para lembrar
algo para além das ruas onde dei os primeiros passos
não teria muito para dizer.

Estive, creio, em outros países,
vi dia a dia nas cidades veículos iluminados
como transatlânticos
levar rostos fatigados de um matadouro para outro.

"A vida é um pretexto para escrever dois ou três versos
sonoros e luminosos", escreveu Alexander Block,
mas talvez eu não seja um verdadeiro poeta.

Amo-me a mim mesmo tanto como ao próximo,
mas estou pronto a desaparecer junto com ele.
Posso mesmo rezar sem acreditar em Deus.
Às notícias do dia costumo preferir
memórias de obscuras personagens de outras épocas
ou ver os pardais a bicar maravilhas.
De novo alguém vê as ervas
ao vento espalhando seu oiro.

Alguém vai temer de manhã que o sol não regresse,
alguém aprenderá a ler em jornais
que anunciam novas guerras,
alguém pela noite
vai pegar numa brasa para fazer círculos de fogo
para se proteger de todo o mal.

Ficarei sozinho no meio do pinhal.

E verei de repente erguerem-se os muros ao canto dos galos.
Poderei dizer meu nome verdadeiro,
e as portas do bosque se abrirão,
sendo meu espaço o mesmo das aves imortais
que nele entram e saem,
e os irmãos desconhecidos saberão que já podem suceder-me.

Tenho de enfrentar o rio de novo,
preparo uma moeda.
Mudou de cor o rio.
Sem temor vejo
a canoa negra, à espera, na margem.

(Trad. A.M.)

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