ABECEDARIO(S)
Azucena, de frío.
Bernardo, por la química insurgente
de sus enloquecidas células.
Carmen, por los efectos a largo plazo de una
infección contraída en Centroamérica.
Delia, de inapetencia.
Ernesto, por la mala combustión de una estufa.
Felipe, por fumarse tres cajetillas diarias.
Gracia, de «muerte natural» – y nadie
quedó muy convencido de que su muerte fuera
precisamente «natural».
Hernán, «tras una larga enfermedad», según se dijo.
Ignacio, de un ataque al corazón,
que quizá fuera de ira o de impotencia.
Javier, en la impostada serenidad de quien ya había
ensayado su muerte muchas veces
(esta vez salió bien).
Kepa, de indiferencia.
Luisa, como Azucena, junto a ella.
Miguel, de neumonía, en cierto modo confortado
por lo preciso del diagnóstico: siempre confió en la medicina.
Néstor, arrebatado por la corriente, mientras se bañaba.
Óscar, de rabia – lo mordió un murciélago.
Patricio, apaleado por los guardias.
Quiteria, apuñalada por su novio,
que luego se entregó en comisaría.
Ramón, manipulando gelignita.
Santiago, diluyéndose en el agua roja de su bañera.
Tomás, como Azucena y Luisa, en ese coche que se quedó
atascado
en una carretera de montaña durante un temporal de nieve.
Ubaldo, como consecuencia de las melancolías
en las que se sumió tras la muerte de Carmen.
Vanesa, de una «larga enfermedad» también.
Xan, de aprensión, al enterarse de lo de Hernán, Vanesa,
Carmen.
Yeray, de sida – fue de los primeros.
Zacarías, de risa – dicen que fue la risa lo que le provocó
el ataque.
Alberto –aquí empezamos otra vez–
por intentar salvar a Néstor.
Bernabé, Celia,
Dorotea, Enrique…
José Manuel Benítez Ariza
Azucena, de frio.
Bernardo, pela química rebelde
de suas células malucas.
Carmen, dos efeitos a longo prazo
de uma infecção que
apanhou
na América Central.
Delia, de falta de apetite.
Ernesto, por má combustão de uma braseira.
Felipe, por fumar três maços por dia.
Gracia, de ‘morte natural’ – e ninguém
ficou lá muito
convencido de que a morte fosse
precisamente ‘natural’.
Hernán, ‘depois de uma doença prolongada’,
segundo se disse.
Ignacio, de um ataque cardíaco,
que talvez fosse de raiva ou de impotência.
Javier, na serenidade fingida de quem tinha já
ensaiado a morte muitas vezes
(desta vez calhou bem).
Kepa, de indiferença.
Luisa, como Azucena, junto dela.
Miguel, de pneumonia, de certo modo confortado
pelo diagnóstico preciso;
sempre confiou na medicina.
Néstor, arrastado pela corrente, a tomar banho.
Óscar, de raiva – mordeu-lhe um morcego.
Patricio, espancado pelos guardas.
Quiteria, apunhalada pelo noivo,
que depois se entregou na
polícia.
Ramón, a manipular gelignita.
Santiago, a dissolver-se na água vermelha da banheira.
Tomás, como Azucena e Luisa, naquele carro
atascado na neve
numa estrada serrana.
Ubaldo, em consequência da tristeza
em que caiu com a morte de Carmen.
Vanesa, de ‘doença prolongada’ também.
Xan, de apreensão, ao saber de Hernán, Vanesa, Carmen.
Yeray, de sida – foi dos primeiros.
Zacarias, de riso – dizem que foi o riso o que lhe provocou
o ataque.
Alberto – aqui começamos outra vez – por tentar salvar
Néstor.
Bernabé, Celia, Dorotea, Enrique…
(Trad. A.M.)
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