9.7.13

Gioconda Belli (Sabor da vindima)





SABOR DE VENDIMIA



Recuerdo el terror de las primeras arrugas.

Pensar: Ahora sí. Ya me llegó la hora.
Las líneas de la risa marcadas sobre mi cara
aun en medio de la más absoluta seriedad.

Yo, frente al espejo,
intentando disolverlas con mis manos,
alisándome las mejillas, una y otra vez,
sin resultado.

Luego fue la mirada furtiva de mi reflejo
en los escaparates
preguntarme si la luz del día las haría más evidentes,
si el que me observaba desde la otra acera
estaría censurando mi incapacidad de mantenerme joven,
incólume ante el paso del tiempo.

Viví esas primeras marcas de la edad
con la vergüenza de quien ha fallado.
Como una estudiante que reprueba el examen
y debe caminar por la calle
con las malas notas expuestas ante todos.

–Las mujeres nos sentimos culpables
por envejecer,
como si pasada la juventud de la belleza,
apenas nos quedara que ofrecer,
y debiéramos hacer mutis;

salir y dejar espacio a las jóvenes,
a los rostros y cuerpos inocentes
que aún no han cometido el pecado
de vivir más allá de los treinta o los cuarenta–

No sé cuándo dispuse rebelarme.
No aceptar que sólo se me concedieran como válidos
los diez o veinte años con piel de manzana;
sentirme orgullosa de las señales
de mi madurez.

Ahora,
gracias a estos razonamientos
cada vez me detengo menos
frente al espejo.
Paso por alto
la aparición de
inevitables líneas
en el mapa de vida del rostro.

Después de todo,
el alma,
afortunadamente,
es como el vino.
Que me beba quien me ame,
que me saboree.


Gioconda Belli


[Emma Gunst]




Recordo o terror das primeiras rugas.

Pensar, é agora, chegou a minha hora.
As linhas do riso vincadas na minha cara
mesmo com a expressão mais séria do mundo.

Eu, frente ao espelho,
tentando apagá-las com as mãos,
alisando as faces, uma e outra vez,
sem resultado.

Depois, o olhar furtivo do meu reflexo
nas montras,
perguntando-me se a luz do dia as faria mais evidentes,
se aquele que me observava do passeio defronte
estaria a censurar-me a incapacidade de manter-me jovem,
incólume à passagem do tempo.

Vivi essas primeiras marcas da idade
com a vergonha de quem fracassou.
Como uma aluna que reprova no exame
e depois tem de caminhar pela rua
com as más notas à vista de toda a gente.

- Nós mulheres sentimo-nos culpadas
de envelhecer,
como se passada a beleza da juventude
nada nos restasse já para oferecer
e tivéssemos que sair de cena;

desaparecer e dar espaço às jovens,
aos inocentes rostos e corpos
que não caíram ainda no pecado
de viver para lá dos trinta ou dos quarenta –

Não sei já quando decidi revoltar-me,
recusar que me dessem só como válidos
os dez ou vinte anos de pele de maçã,
sentir orgulho dos sinais da minha maturidade.

Agora, vistas estas razões,
paro cada vez menos
diante do espelho.
Passo por alto
a aparição de
inevitáveis linhas
no mapa de vida do rosto.

No fim de contas,
a alma,
felizmente,
é como o vinho.
Que me beba quem me amar,
que me saboreie.


(Trad. A.M.)

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